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“Bohemia Light Time”

Imagen de Oscar Cusano
Dom, 06/07/2014 - 13:29 -- Oscar Cusano

“Bohemia Light Time”, por Oscar Cusano
A Martín, el verdadero protagonista de esta historia.

Desde que la Princesa Libuše divisó el “Umbral” ( Prah) de su castillo en la futura ciudad de Praga (Praha), a orillas del Moldava, habían pasado muchos siglos hasta que Česká estudiara guitarra, y si bien comenzó por los clásicos, juzgó oportuno adoptar un rock & roll muy digno y de buen estilo como forma artística de expresión.
De verdad que la sonoridad no parecía salir de su instrumento ni de los bafles, era algo más, no podía mostrar toda aquella historia familiar heredada de sus ancestros eslavos, simplemente nadie le creería.
Si bien el otoño era templado, noviembre se presentaba más frío, mucho más frío para tocar.
La noche que estrenó sus mejores temas en el “Bohemia Light Time”, tenía los dedos casi endurecidos, sin embargo, a medida que pasaban los minutos, sintió que las luces del lugar encendían de a poco la madrugada, ni en el Teatro Nacional se hubiese sentido más a gusto.
En el cuarto blues fue realmente cuando estremeció al auditorio, la ejecución del patrón repetitivo de los doce compases eran verdaderos “gritos de campo”, llamadas y respuestas de música y letra aprendidos perfectamente en la técnica del vibrato y el slide simple, basados en el arte y farsa del “Blues Devils” de los “espíritus caídos” o diablos azules de los negros esclavos de Menphis.
Pero más que un lamento depresivo, Česká anunciaba algo nuevo.
Los espectadores eran arrasados por un espectro de colores amarillos u ocres, entonces todo el espacio diluviaba de diminutas gotas luminosas, y a medida que aceleraba la canción, la gente se retorcía de placer o de una especie de felicidad que distaba mucho de los sollozos en que los ebrios se derrumban al amanecer.
Al final, a medida que los reales rayos matinales penetraban por las ventanas del pub, y mientras la muchedumbre se despedía con saludos y apretones de manos, Česká tatuaba en su alma los abrazos cálidos y gentiles como un rito antiguo de recompensa idólatra a su entrega como creador.

Pero un ser visionario así no puede avenirse a una sola región del planeta, era obvio que necesitaba viajar, experimentar el mundo, explorar todas las sensaciones, y las armonías de los rasgueos de sus cuerdas le ayudarían a ganarse el pan mientras se instruía.
El viajero no suele reparar en las tonterías que el hombre moderno intenta afirmar para sostenerse, porque sencillamente no pueden mantener una discusión más o menos coherente, más o menos inteligente, y ojalá existiera en sus mentes algún vestigio de valentía para abandonar su inmovilidad, cosa imposible si se tiene en cuenta que toda verdad choca tarde o temprano con su influencia opuesta, aunque eso, no le impide ensayar su estupidez una y otra vez.
Cualquier persona que conozca la acción térmica del universo advierte que los principios de la vida nada tienen que ver con ninguna pseudo economía forzada a la categoría de ciencia, y menos aún implantarla como dogma para acaudillar.
Česká conocía acertadamente un diseño superior de la existencia, el cedido quizás por la oralidad ancestral y enumerada por Procopio de Cesárea, bastante mal encaminada debo decir, y en cuya figura central ubicaba a Júpiter como dios de los eslavos orientales.
Parece ser, me refería, y a pesar de no haber sido demostrado aún, que una tribu muy remota podía hablar con un dios policéfalo de cuatro cabezas que residía en una isla solitaria del Báltico, y dicen que cada uno de ellos volvió con un manuscrito pomerano, único, y en cuya redacción se ocultaba un oráculo vocal, hablado, pero que una vez leído en voz alta varias veces, y cuando se estaba a punto de alcanzar la verdad infinita, la mente regresaba a su anterior estado de los sentidos.
Luego comprendieron que los libros no hacía más que completar el ciclo elíptico que iba de la molécula más simple hasta la estrella más colosal, descartando el analfabetismo que consiste en fragmentar la sabiduría.
Terminaron por alternarse en la lectura y cultivar por grupos toda esa erudición, hasta que, por desgracia, la llegada del cristianismo desbarató el plan y el saber quedó desperdigado.
Para ellos, quedaba muy claro que los habitantes del mundo se dividían entre los “sexys” y los “no sexys”, pues el amor estaba íntimamente ligado a la actividad sexual como norma de conducta emancipadora, en cambio los “no sexys” encerraban una paralización tanto de los órganos internos como de su insensibilidad emocional. Era por eso que no podían amar al prójimo y detestaban todo aquello que no fuera material, aún acumulando obras de arte por pasatiempo o por negocio, la luz jamás atravesaba realmente sus pupilas, y el no tener recuerdos sensuales los envolvía más en sí mismos.

Una tarde raramente lluviosa en El Carmen, el barrio de Valencia donde vive ahora por una compleja relación solar que tiene esta ciudad y que apenas comprendí, me relató un extraño ejemplo de transformación parcial del alma humana, de cómo una persona se modifica pero sólo por momentos, para después rotar y volver a caer en una maniática agonía de mal existir.
Según él, todo individuo maduro posee un niño oculto, un regordete habitante interno y fugaz que intenta salir a divertirse pero no puede, ya sea porque la misma persona lo reprime, ya sea por su educación familiar, o su cultura general, o lo que sea que impida esa aparición. Algo en la humanidad cicatriza nuestra cándida libertad de esparcimiento para después, en algún momento fijado en la memoria, dejarla morir o congelarla en el tiempo mental de las entrañas.
Estando en una famosa capital de Alemania, en una estación del metro y ya muy tarde, Česká comenzó a tocar el más puro rock & roll en una infinita soledad.
Cuando ocurría esto, me contaba, su cuerpo era capaz de bajar el ritmo cardíaco a niveles imposibles, sin embargo las manos seguían agitándose al ritmo desenfrenado de la música.
Un pasajero descendió del último tren del crepúsculo, uno, sólo uno.
Se quedó en medio del andén disfrutando y berreando como un chiquillo sorprendido, varios temas, canciones olvidadas de los setenta.
Cuando concluyó y abrió los ojos, pudo ver en la funda de su guitarra un billete de quinientos euros y al hombre muy rubio y rechoncho contento y aplaudiendo.
Antes de partir y agradecerle por su dedicación al arte desinteresado, como buen alemán le dijo que no debería fumar en zonas prohibidas, fue cálido, pero lo dijo, hasta llegó a palmearle la espalda como un gesto aprobador.
Varias semanas posteriores, caminando por la avenida principal donde se concentra la peor jauría del establishment económico de Europa, al levantar de casualidad la mirada, observó entre el estupor y una leve sonrisa, el inmenso cartel que anunciaba al nuevo alcalde de la ciudad, un personaje consustanciado con la derecha más conservadora y reaccionaria.
Era el oyente perdido del metro.
Por un instante, el niño había salido de su reclusión y la oscuridad había dejado paso a la luz.
Česká dice que la rotación del niño humano sólo ocurre cuando una época anterior sucumbe a otra posterior.
Sucede cada miles de años...
La última, fue el descubrimiento del fuego, allí los paradigmas tangibles y emocionales fueron modificados cuando las hogueras marcaron un camino alterando sus vidas en un nuevo ciclo.
Luego, ya nada volvió a ser lo mismo, hasta hoy: casi agotada la madera, la próxima extinción del petróleo y el carbón, toda esa energía que se apaga, nos hará retornar al sol del que habla Česká, para intentar resolver el enclave que nos tiraniza.
Es por eso que los “no sexys” intentan controlar sus fuentes y pondrán en peligro los sistemas del equilibrio.
Se trata de física, no de fe, así que es menester que pongamos en duda nuestras viejas enseñanzas para poder evolucionar hacia la sinceridad extrema.
Un hombre-niño deambula por El Carmen desvelando conocimientos que no están en ninguna universidad y que, en nuestra ignorancia, le soltamos unos céntimos a cambio de no querer admitir el colapso que vendrá.
Yo le creo y he decido transfigurarme en escritor, que no es más que otro niño jugando con palabras, pero las palabras abren portales y por eso ahora puedo leer el porvenir.
Todos estamos atados a una mentira de dimensiones siderales que ya no soporto.
Me marcho, me anticipo, me lanzo hacia adelante, no esperaré a nadie.

Los espero en mi huerto, detrás del naufragio, más allá del canto de sirenas que está envenenado el mundo y al que tanto se aferran: tergiversar convenciones financieras en leyes de la naturaleza.