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“Surcos” o la desobediencia civil.

Mar, 06/05/2014 - 15:44 -- naclahuert

“Surcos” es una película española de 1951 dirigida por Jose Antonio Nieves Conde. Representa, en la forma, uno de los primeros acercamientos de nuestro cine al neorrealismo, y, en el fondo, una denuncia apenas soslayada de la realidad social del momento; nunca antes se había mostrado con tanta crudeza la cotidianeidad más dura del franquismo, porque nunca antes la censura del régimen lo había permitido. Y lo más curioso es que la película no se gestó como un ataque a la dictadura, sino todo lo contrario: nace de una estrategia gubernamental que pretendía frenar el masivo éxodo rural a los núcleos urbanos.

En aquella época, en un país diezmado, lastrado por una pobreza galopante, la gente dejaba atrás el campo en busca de oportunidades, y los que mandaban, incapaces de controlar el crecimiento desbordado de las ciudades, tenían que recurrir a este tipo de estratagemas propagandísticas para mentalizar a sus súbditos. Y en ocasiones, como pasó con “Surcos”, les salía el tiro por la culata: la exhibición demasiado explícita de la realidad terminaba por dejar al descubierto sus vergüenzas.

La situación en la actualidad es muy distinta, pero está llena de situaciones desesperadas como las que obligaban a dejar el campo en 1951, y las padecen millones de personas; personas que ya no tienen una tierra prometida en forma de ciudad a la que aferrarse. En estas circunstancias, cabe preguntarse qué tipo de película patrocinaría hoy el gobierno -que no parece muy diferente del que había entonces, o igual es hasta más retrógrado- para crear un clima de opinión favorable a sus intereses. Probablemente una que mostrara lo magnífico y maravilloso que puede llegar a ser buscarse la vida en el extranjero. Porque, al igual que ocurría con “Surcos”, el éxodo masivo al que asistimos ahora -tan distinto y al mismo tiempo tan igual-, no deja de ser una evidencia de lo desnudo que está el gobierno, por más trajes de marca que se ponga encima. La huida de nuestros jóvenes al extranjero no revela otra cosa que su incapacidad -la del sistema- para garantizar, no ya un futuro feliz, sino un futuro a secas. Algo que nuestros gobernantes casi parecen celebrar cuando apelan en su cósmica inconsciencia a la “movilidad exterior”. No debe extrañarnos: no es que sean tontos; es que no conocen otro mecanismo para reducir el paro.

Pero a esta situación no se ha llegado por designio divino, como tampoco se llegó así a la que reflejaba Nieves Conde en “Surcos”. A esto nos han traído la mala gestión, la hipocresía, el enriquecimiento sin límite (desligado de la producción de bienes, basado más bien en el sinsentido, en el beneficio rápido y al mínimo coste); a esto nos han conducido las torticeras maniobras financiero-amiguetiles, los pelotazos urbanísticos, el contubernio, las puertas giratorias, los sobres, las preferentes, los bonos-basura, las claúsulas suelo, la trama Gürtel, las compensaciones en directo y en diferido, los sobresueldos, las joviales construcciones megalómanas, los grandes eventos, las ñoras en la lista de la compra, los brugales de nochevieja... Y de todo eso, del saqueo sistemático, de la demolición paulatina de la democracia, de la indefensión a la que nos condena este infame salto atrás en el tiempo impuesto por personas incapaces con la excusa de la crisis, es de lo que huyen las personas -muy capaces- que marchan al extranjero en busca de mejor fortuna.

Las que se quedan hacen frente a esos desmanes como buenamente pueden, y una de las maneras es la desobediencia civil. Un derecho que asiste a la ciudadanía, el de no respetar la ley, cuando de ella se derivan consecuencias a todas luces injustas. Por ejemplo, un decreto-ley puede hacer viable el derribo de un edificio, pero si ese edificio es objeto de una especial protección, derivada de una norma de superior rango, oponerse a ese derribo -tratar de impedirlo- es una conducta del todo lícita, aunque al mismo tiempo vaya contra la ley.

La desobediencia civil es la vía propuesta por una parte de la izquierda para enfrentarse a los abusos del poder que se han convertido en el pan nuestro de cada día. Si la ley es manifiestamente injusta, quebrantemos la ley; si nos parecen inaceptables sus efectos, impidamos que se produzcan. Los sectores más conservadores suelen tildar estas actitudes de antisistema, pero lo cierto es que estas iniciativas están perfectamente asimiladas por el sistema y son una pieza más de su engranaje. La desobediencia civil entra dentro de las reglas del juego y no es en ningún caso un desafío lanzado desde fuera, como sí lo sería la acción directa.

La acción directa equivale a no pedir permiso. La legitimidad, en este caso, emana del propio hacer: en tanto en cuanto lo que se lleva a cabo es necesario y justo, toda persona tiene derecho a actuar, más allá de lo que diga un papel. Esta vía no es un resquicio del propio sistema, puesto que sólo contempla su negación. La meta no es hacer reformas, sino cambiarlo todo de raíz con la práctica.

A día de hoy, oponernos al desahucio de una familia sin recursos, a la usura de los bancos, al expolio continuado del patrimonio colectivo, son actitudes que puede llevarnos a bordear los límites de la ley. Y no sólo oponerse. La simple protesta, expresar el rechazo a estas realidades, puede meternos en serios problemas con las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. La persona que milita en movimientos sociales, la que trabaja de forma activa por la defensa de la dignidad, la que reclama una mayor y mejor justicia, la que exige un reparto más equitativo de los recursos, la que combate la pobreza y la marginación a pie de calle, la que lucha por los derechos de los más desfavorecidos... Todas esas personas se exponen al riesgo de convertirse en peligrosos forajidos y quedar fuera de los márgenes de la ley, proscritos del sistema, convertidos en su mayor enemigo, en pululentas almorranas afeando las nalgas del orden establecido.

Y claro, uno se pregunta: ¿Cómo puede ser que una persona que lo único que persigue es que a nadie le falte un techo, que no se desmantelen la educación y la sanidad, que no tengan cabida la pobreza y el hambre en nuestra sociedad, que no se roben o malgasten los recursos generados entre todos, que se creen las condiciones necesarias para que esto marche, y que se deje de favorecer siempre a los más privilegiados... Cómo puede ser que esas personas puedan llegar a ser connsideradas un peligro social, si lo que hacen es trabajar decididamente por una sociedad mejor?

Hemos llegado a un punto en el que el afán mismo de ser mejor persona pasa a ser un acto de desobediencia civil. “Discúlpeme, pero no me conformo con esto que a usted tanto le beneficia y a mí me perjudica... No quiero que me engañen, ni que le nieguen el futuro a mis hijos, ni que se lucre usted a costa de mi sudor. Soy culpable, supongo”. Lo cual es absurdo, porque aquí no estamos hablando de asaltar diligencias, sino de defender causas justas que ni siquiera deberían existir en una sociedad civilizada. Cuando este simple acto, el ejercer la justificada rebeldía ante lo que está mal, queda fuera de la ley, el problema no lo tienen los ciudadanos y ciudadanas, sino la ley misma, o más bien quienes la aplican, que obviamente han perdido de vista que tanto ellos como las leyes están ahí para servir de la mejor manera posible a los intereses y necesidades de la ciudadanía. En lugar de eso, marginan a una parte de la sociedad por el mero hecho de padecer esas necesidades, como si esas personas hubieran elegido no tener donde caerse muertas, o se merecieran por decreto la condición de desahuciadas vitales.

Resumiendo: en el mejor de los mundos posibles los que manejan el cotarro se valen de un mastodóntico aparato legal y burocrático para crear situaciones del todo injustas, mientras que los que tratan de revertir estas situaciones y de crear unas condiciones más favorables para la mayoría tropiezan una y otra vez con el reproche y la criminalización. O dicho de otra manera: la desigualdad, la pobreza y el sufrimiento se instauran y consolidan desde las instituciones por la vía legal, convirtiendo en conductas anómalas y sospechosas el afán de justicia, la equidad, el compromiso social, la solidaridad, el deseo de evolucionar, la apuesta decidida por un mundo más humano que nos permita ser felices y llevar una vida más plena.

Y volvemos a la pregunta anterior: ¿Qué respeto u obediencia merece un estado así? ¿Cómo podemos confiar en unas reglas del juego tan perversas e inhumanas? La desobediencia civil implica la conformidad con ese sistema demencial; sólo le propone correcciones, reformas que lo hagan más digerible para la ciudadanía; no lo rechaza en esencia, sino que intenta valerse de sus propios mecanismos para obtener mejoras puntuales, por lo que más bien entraña una confianza absoluta en él. Por lo tanto, lleva aparejada también la aceptación de eso que nos han querido vender como “el fin de la historia”. Ya que no hay más opción, ya que no se puede aspirar a más -en todo caso nos corresponde menos-, bien está que nos resignemos a maquillarlo un poco en las pocas ocasiones que nos dejen.

No niego que se puedan conseguir avances importantes mediante la desobediencia civil, y de hecho me parece una forma de lucha de lo más respetable, pero está visto que sólo sirve para hacerle cosquillas al sistema, y además, en el fondo, lo legitima. La acción directa, en cambio, representa una amenaza real, puesto que le arrebata toda preponderancia y hasta la necesidad de existir. A través de ella, el ser humano interviene de forma directa en el curso de la historia, se empodera, construye su propio destino, renunciando al amparo de unos organismos corruptos y miserables, que no cumplen su función, sino otra diametralmente opuesta; y demostrando, de paso, no sólo que hay vida más allá de esas normas hipócritas, sino que esa vida puede ser mucho más amable y reconfortante; que es posible crear nuevas vías, nuevas formas de relación, no supeditadas al afán de poder y al ánimo de lucro. Que se puede avanzar. Todo eso lleva implícita la práctica de la acción directa.

¿Qué sentido tiene desobedecer continuamente las reglas de un juego con el que no estamos de acuerdo, que no nos gusta, que en lugar de hacernos disfrutar nos perjudica, cuando se puede jugar a otra cosa?

Lo que urge es empezar a cavarle surcos a un mundo nuevo. Surcos como los que se ven -no recuerdo si al principio o al final- en la peli de Nieves Conde.