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Cartas marcadas

Mié, 29/10/2014 - 15:05 -- naclahuert

Aquí ha trincado todo dios, no se salva nadie, ni partido, ni confederación empresarial, ni sindicato. La sensación que le queda a la gente, a medida que surgen nuevos casos de corrupción, es la de que en este país ha habido barra libre durante muchos años, y que por eso, por culpa de una panda de sinvergüenzas que se ha enriquecido sin miramientos de espaldas a la ley, estamos como estamos.

Y sí, no cabe duda de que, sin tantas comisiones, sin tanto despropósito urbanístico, sin tanta pasta desviada a cuentas de Andorra o Suiza, sin tanto sobre coste en obras faraónicas… En definitiva, si una minoría no se hubiera repartido los recursos de todos tan a manos llenas, es evidente que se habrían podido emplear en cosas mucho más provechosas para la mayoría, y en consecuencia ahora estaríamos mejor, y seguramente habría menos niños en barracones, las listas de espera de los hospitales serían más cortas, e igual hasta no teníamos los índices de malnutrición infantil que tenemos… Ahora bien, si nos quedamos con la idea de que la culpa de nuestra situación actual la tiene la avaricia de un atajo de mangantes, habremos aprendido muy poco del desastre.

Al fin y al cabo, esos corruptos no hicieron otra cosa que negocio en los márgenes de unas determinadas reglas de juego; utilizaron los mecanismos que un sistema sin escrúpulos pone a disposición de personas sin escrúpulos para forrarse; y, si no hubieran sido ellos, habrían sido otros.

De esa idea –por culpa de una panda de sinvergüenzas estamos así- se deriva otra muy clara: si, en lugar de esa gentuza, hubiera ocupado esos cargos gente más honrada, ahora todo nos iría mucho mejor. Pero afirmar esto nos lleva a ignorar un aspecto crucial del sistema por el que nos regimos: que la honradez no es ningún mérito, ni permite ascender en el escalafón social; se ha demostrado que resultan mucho más rentables el afán de poder, el querer amasar fortuna por los medios que sea –mientras no impliquen esfuerzo-, la vileza, el mangoneo y las cuentas opacas.

Que no os engañen: lo que estamos viviendo no es un fallo del sistema, es su esencia. Pensar ahora que esa gente nos ha fallado es creer que estaba ahí para trabajar por nuestro bienestar, y eso es completamente falso. La teoría dice eso, pero la práctica demuestra lo contrario. El aparato del estado, aunque más amable –por suerte- que en otras épocas, sigue sirviendo a los mismos intereses de siempre, los de una minoría dominante que ejerce su dominación a través del poder económico, llevándose la mayor parte de la riqueza que entre todos generamos. No hay nada nuevo, sólo han cambiado las formas. Asistimos a la misma partida de siempre, con las cartas marcadas y mal repartidas. Y no es cuestión de la honradez de los funcionarios que están a su servicio, sino de la honradez del sistema en sí, que no existe, porque es corrupto desde sus cimientos, y se basa en la hipocresía de hacernos creer que un reparto desigual puede ser justo.

Un ejemplo concreto podría ser la monarquía. Su supervivencia se justifica por la honradez de las personas que ejercen esa función. Están al servicio de la ciudadanía, trabajan por el bien común y, por lo tanto, son indispensables.

Eso quieren que pensemos, pero, al mismo tiempo, la especie ha evolucionado lo suficiente para no admitir como justo que, por el mero hecho de haber nacido en una determinada familia, uno merezca una posición de privilegio sobre los demás. ¿Qué otra cosa es la monarquía?

La conveniencia o no de la institución no radica en la honradez de quienes detentan los cargos principales; pueden ser maravillosas personas, pero eso no hace su papel menos retrógrado, ni menos absurdo. Sigue siendo una anomalía, un sin sentido, el que se pueda heredar por vía sanguínea la jefatura de un estado. Eso, por más disfraces que se le pongan, es la antítesis de la democracia.

Pero eso es lo que propone el sistema: una democracia en la que haya de todo menos democracia. Partiendo de esa base, los nombres poco importan; esté quien esté, sea más simpático o menos, más ladrón o más honrado, sólo nos es dado disfrutar de la democracia si aceptamos que no la haya, si asumimos que es necesario mantener un orden desigual e injusto, con instituciones costosísimas y desfasadas como la monarquía, en el que el dinero es la medida de todas las cosas.

El problema no es que haya muchos sinvergüenzas dispuestos a forrarse a toda costa y sin dar un palo al agua; el problema es que el mundo en el que vivimos está hecho a su medida.

Seguramente ya hay otros muchos sinvergüenzas que se han puesto manos a la obra. Los casos de corrupción que nos asolarán en el futuro se están gestando. La máquina no se detiene. Todo sigue su curso.

O lo cambiamos y lo hacemos a la nuestra, o las cartas seguirán viniendo mal dadas.