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Confesiones de un idiota

Mar, 08/07/2014 - 00:36 -- Manolo

Los idiotas siempre son los otros y, en caso de no poder evitarlo, prefieren / preferimos serlo en la intimidad. Este era el panorama hasta ahora.
Precisamente, este es uno de los primeros tropiezos que he tenido al contar esta historia, pues aunque la viva desde dentro, la escribo como si el idiota fuera otro. Naturalmente participo del mismo prejuicio que la mayoría. En mi caso es una autocontradicción. Bueno, tendré que solucionar la falta de recursos narrativos, no querría ser malentendido en un tema que afecta a mi credibilidad.

De entrada, un idiota coge cierto protagonismo que puede suponer cierta ventaja, pero no quiero anticiparme. ¿Qué o quién es idiota? A veces, las diferencias son de matiz. Un idiota es el que actúa como tal, es claro, pero, ¿cómo se llega a serlo? Hay muchas preguntas. ¿Cómo son las relaciones entre los idiotas cuando se encuentran? ¿Se multiplican, se dividen? ¿Se asocian formando uno y mil complots? Eso dicen.

- Buenos días, Idiota.
- Buenos tenga Ud también, compadre.

Seguiré un relativo orden, responderé cada vez a una pregunta para no liarme. Voy a lo simple, tomemos un solo idiota. ¿Cómo reconocerlo? Es, sin duda, una necesidad vital descubrirlo para un supuesto no idiota, para no tener que plantearse la disyuntiva de si lo es él o, al final de la corrida, lo soy yo, o sea tú, o sea yo. Sigo la pregunta de como se hace un idiota, desmontando el mito de que se hacen por encargo.

Pongamos por ejemplo, que haces algo y lo vuelves a hacer unas pocas veces más sin ser consciente de que esa reiteración te transforma y modifica al mismo tiempo las posibilidades a tu alcance. Al principio hacías o dejabas de hacer algo sin esfuerzo. Ahora, tras unas pocas repeticiones, te sientes impulsado a imitarte una y otra vez y, descubres que, también los que te rodean esperan que lo sigas haciendo. Las risas son poderosas, La costumbre se levanta como un muro que te impide actuar ágilmente. A partir de un momento solo quieres hacer lo que haces, lo defiendes con uñas y dientes porque ya forma parte de tí mismo. Sientes un calorcillo que te defiende de los miedos, ya ni recuerdas como empezó todo. Olvidaste los primeros vueltas que diste formando el círculo. El círculo no tiene aristas, es confortable. No quieres saber nada de escapatorias, intuyendo que si cambias de conducta, te dolerá. Te sientes seguro dando vueltas. ¿Es verdad que bailan los osos? No tiene que ver pero me gusta la imagen. Seguirá.