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El Carmen es un sentimiento

Imagen de Amparo Climent
Dom, 28/12/2014 - 23:35 -- Amparo Climent

A mediados de los años 60, el Barrio de El Carmen, de Valencia, abrió sus calles, el color de sus casas, y la mirada de un espíritu soñoliento y olvidado, que como sombras delirantes aguardaban suspendidas en el tiempo, a un grupo de jóvenes valencianos que imbuidos de idealismo y transgresión, se entregaron al sueño definido de establecer a través de la música, la literatura y el cine, su sentido del aquí y el ahora, una generación que cargada de energía reivindicativa, inició un trayecto que dibujó el alma de lo que todavía es y se vive hoy en día en el barrio.

Las abandonadas callejuelas resurgieron con el ansia de quienes encontraron una vía para desarrollar sus deseos de cambio y libertad, lugares y ambientes llenos de simbolismo donde romper con un pasado decaído y rancio, e iniciar una nueva forma de sentir y vivir la vida. En la memoria permanecen los locales y puntos de encuentro que conformaron el emblema de toda una generación. Un territorio mítico, casi inverosímil para un observador ajeno y sin la lucidez que provoca el afán de encontrar una grieta por la que traspasar tantos ideales y utopías que rebosaban estos precursores de la contra cultura.

Con un punto de nostalgia recordamos santuarios como El Refugio, Capsa-13, Tres Tristes Tigres, Sogas, el Pub 1850, Berlín, El Forn, Asfalto, L’Aplec, Barro, o La Casa Vella, lugares diferentes, existencialistas, donde se escuchaba música, se hablaba o se leía con una sensación más allá de la propia presencia, era una pasión que construía casi un acto de supervivencia. Incluso el Bar Bomba, el Carxofa, y hasta el Teatro Princesa, se convirtieron en iconos de toda una época de desobediencia y rebeldía.

Muchos de estos espacios se transformaron después, y poco a poco, en imágenes fugitivas en el tiempo, cuando aquella “Valencia divina” (denominada así por el escritor Rafa Ferrando), arrebatada y sucumbida por los excesos que la misma modernidad conllevaba, se dio de bruces con la realidad de un barrio degradado no sólo socialmente, sino también en la conservación de sus calles y viviendas. Los días del “descubrimiento” y las noches extremas, cobraron una factura que no todos pudieron costear. El éxtasis glorioso iba a dejar paso a otra parte de la historia.

Sin embargo, la voluntad y el camino estaban ya marcados para siempre. Aquel ambiente, aquel estilo, aquel espíritu sin precedentes de apurar y vivir los días al máximo, jamás abandonó esa inquietud casi sagrada de unas calles, que con nuevos rostros, con nuevas aspiraciones, pero con igual y vital deseo, buscan y encuentran una referencia en el anhelo de ser y sentirse diferentes. Y hace que cuando volvemos los ojos a la luz de aquellos años, nos invada el orgullo y la certeza de percibir que El Carmen es mucho más que un barrio.

El Carmen es un sentimiento.

Amparo Climent.