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El Olimpo Hortera

Imagen de Oscar Cusano
Lun, 25/08/2014 - 17:09 -- Oscar Cusano

El Olimpo Hortera

La explicación de Foucault sobre la verdad, sobre la doble posibilidad de observar esa verdad, ayudó a explicarme lo que estaba buscando dentro de mí mismo.
Para él existen dos enfoques bien demarcados, es decir, la forma “interna” de la verdad como plantea la ciencia y que se ve superada y enriquecida en su constante viaje hacia adelante, hacia su propio discernimiento y que puede demostrarse empíricamente, y la segunda, la“externa”, que necesita de interpretaciones nacidas de reglas de juego, de convenciones surgidas por distintas sociedades en diferentes subjetividades para acordar dominios de conductas y objetos.
Es en la exploración del segundo enunciado empleado por las personas y los gobiernos que me he concentrado, porque partiendo de allí, tras una simple regla de tres casi infantil o de observación básica, es que deduzco los secretos no dichos o negados por todos y donde hallo los peores abusos.
Doy como ejemplo la inmoralidad feroz de las educaciones del sistema o las diversas religiones en sus acometidas a los niños, tanto por sus infiernos o con la eterna manía de dirigir la coacción de la libertad, a lo que debe sumarse los embates personales de cada responsable cultural o sacerdote de turno. El grado de siniestralidad disimulado en los asiduos ataques desde las primeras organizaciones ancestrales ha sido de un calibre tan potente y desigual, que persiste hasta nuestros días con poca o ninguna oposición enérgica.
Los distintos ambientes de crecimiento y formación van instalándose en las psiquis de los niños y niñas a través de símbolos y proyecciones directas e inversas, conformando así personalidades que luego depararán en sociedades encubiertas, subrepticias, falsamente místicas, y que terminan obedeciendo a políticas y economías cargadas con esa misma información de aparentes prohibiciones para convivir, pero que en realidad enmascaran las primeras verdades de las que hablaba Foucault, y de las que se beneficiarán los que carecen de toda honestidad haciendo de esas prohibiciones sus metas para delinquir y enriquecerse.

Para saber cuanta sinceridad hay en un ser humano, no lo escuche, no le crea, simplemente mírele la vida, la forma de transitarla, cómo se mueve, quiénes lo rodean, cuáles son sus bienes, luego, sume estos puntos “verdaderos” de su estilo de vida, y ahora sí escúchelo hablar, a ver qué dice, qué relación existe entre el mensaje, el discurso, y aquello que usted vio con sus ojos. No hay otra forma, así se verifica la primer regla enunciada, pero incluso también aquí se puede equivocar el análisis, porque nadie expondrá a plena luz sus “secretos” tan valorados por mí.
Las claves que nos definen son nuestros secretos más recónditos, siempre.
Aquellos que hemos tenido la suerte de conocer otros países percibimos con el rabillo del ojo la inmediatez del mentiroso, del modesto que anuncia un paraíso en donde defecará apenas arribado a su cuota de poder; lo que sucede en el mundo hoy es que la genealogía política han recibido unos arquetipos tan ridículos, tan barriobajero en sus acciones, que la gente de a pie empieza a percibirlos y ya no los tolera ni por televisión, el “Olimpo Hortera” de estos dioses manchados hasta los tuétanos de dinero sucio, temerosamente sucio, horrorosamente sucio, con sus propiedades publicadas en las revistas más chivatas y que ellos mismos financian, con sus muy escasas cuatro o cinco conceptos orales en cuyas palabras apenas se sostienen un puñado de borradores, ni siquiera alguna idea, oraciones que a veces salen de labios hechos de cirugía estética para simular un encanto que terminan siendo payasos de feria, adjudicatarios de todos los privilegios que existen en todo el reino y a su vez, como si fuera un traspaso de tienda de ultramarinos, dejan a sus hijos y nietos, como si el país fuera una olla a presión y todos los pucheros fueran siempre para ellos.
Si usted pudiera pedir la factura desde la más pequeña piedra decorativa de cualquier plaza de cualquier municipio en todo el mundo, y habrá alguna excepción, quiero pensarlo, si usted y yo fuéramos con el más simple notario de barrio, y pudiéramos abrir todas las puertas, las arcas, los cajones, los sobres, los expedientes, los armarios, si pudiéramos abarcar este mínimo concepto de una supuesta democracia de revisión de cuentas, les veríamos de dónde se pagan las vidas que llevan, o sea, veríamos sus “secretos”.
Tan simple como eso. Tan complejo como eso.
Y así las empresas, las multinacionales, las grandes fortunas, las instituciones, y también, por supuesto, cada una de las iglesias de la tierra.
Las cajas chicas y las cuentas bancarias son verdades “internas”, lo demás, las frases armadas de moralidad irrisorias, sobran, ni siquiera merecen nuestra atención.
Es finalmente el dinero y su pueril simbología lo que mueve los mecanismos de nuestra convivencia, aquí y en todas partes.

Es por esto que a mitad de mi propia vida he decidido no seguir bajo estas continuas amenazas a la verdad, así que pondré mi inteligencia al servicio de la autogestión porque ya sé perfectamente que no soportaré un minuto más tanta mentira organizada, y voy a desafiar a este “Olimpo Hortera” y al que haga menester sin tratar de convencer a nadie.
Compartir sí, esperar su reformismo nunca.
Tan sólo me bastó este verano para darme cuenta del autoengaño: ver a miles de individuos, mujeres y hombres de todas partes y todas las edades, con la mirada perdida en sus teléfonos, esperando algo, idolatrando la pequeña pantalla, amenizando su existencia con juegos repetitivos, o confiados de poder leer un mensaje que les de sentido a sus jóvenes vidas de aburridos vejestorios inmovilizados por sus móviles, y que, por fin, los saque de su monumental pobreza emocional.

Señores operadores de todos los medios universales de comunicación, ustedes son mis enemigos, lo curioso es que aún perdiendo la batalla, sienta un inmenso placer en escupirles la verdad a sus malditas caras de ángeles del exterminio mental.
Mi venganza se cumplirá en los siglos futuros, quizás mucho menos, cuando sus descendientes apenas puedan respirar la atmósfera tóxica que heredarán por la falta de ética de hoy.
Si es decisión de la humanidad vivir de esta forma tan imbécil...que así sea.

Mientras tanto, cada diminuta pieza de cualquier tecnología usada o por usarse , reanuda la agonía del lento veneno que contamina el planeta minuto a minuto...segundo a segundo... un poco más... otro poco... tic...tac...tic...tac...