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España es diferente

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Mié, 29/10/2014 - 00:01 -- Amparo Climent

Cuando allá por los años 60 Manuel Fraga acuñó la frase “España es diferente”, para promocionar el turismo extranjero hacia nuestro país, hizo algo más que establecer un eslogan turístico, pues instauró el concepto con el que después la mayoría de la gente, y acompañado por un leve gesto de resignación, o una sutil entonación de ironía, designa esos hechos negativos o perjudiciales intrínsecos al carácter español, y que por más que uno quiera parece no pueda desprenderse de ellos. “España es así”, en sus convicciones, en su hipocresía, en sus instituciones… Y todos asienten, y poco cambia.

La autoconciencia colectiva que proporciona la ironía, no es suficiente para que de un plumazo desaparezcan esas características sociales y distintivas que predominan en nuestra cultura, algunas de ellas incluso son mostradas y expuestas con un orgullo equivocado sobre lo que debería ser representativo de una sociedad, pues valores como la libertad o la democracia, quedan a veces denigrados tras esa máscara de tradición cultural tan arraigada, y que en algunos sectores tanto gusta conservar. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que perdure ese espectáculo violento y bochornoso disfrazado de fiesta nacional que son las corridas de toros? ¿O los dogmas que la iglesia y la religión no permite cuestionar? ¿O esas normas no escritas y más prosaicas empeñadas en otorgar una valía e importancia desmesurada a la posición social y valores materiales?

Por supuesto que existen respuestas, pues son tan obvios estos patrones socioculturales, que las respuestas pueden parecer o ser afrentosas o incluso retrógradas, pero sin duda son la consecuencia de lo que, entre otros muchos factores, hemos sido y somos como país.

España, la “sociedad de la vergüenza”, donde el concepto del honor, el catolicismo enraizado con su ausencia de “La Reforma”, y el estilo de vida que la nobleza se impuso así misma, abonaron las bases del distanciamiento social, de la economía, del trabajo, de la desigualdad de género, etc.

La nuestra es una civilización aristocrática y masculina, de roles sexuales tradicionales, de ideas anticuadas de virilidad, valor y soberanía sin tacha, donde las excelencias del decoro derivado de una prerrogativa ilustre de títulos y nobles, explican el orgullo, la prepotencia, la despectividad que jalonan muchos de los hechos que suceden en la actualidad. Esta grandeza contenida y absurda, regida por profundos sentidos de las formas, muy cercanos a la farsa y la teatralidad, pero insensibles a conceptos que defiendan la libertad y justicia social.

Pero sí, hay razón en afirmar que “España es diferente”, pues afortunadamente, hoy día los movimientos sociales, los estudiantes, la clase trabajadora y obrera, están demostrando que existe un anhelo, la confianza y certeza de que hasta los más firmes cánones culturales son cuestionables y pueden ser modificados.

El pensar lo contrario tal vez los haga incluso más fáciles de transgredir.

Amparo Climent