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Julio Cortázar: Un viaje a la otra orilla. Bono Plus.

Imagen de Oscar Cusano
Sáb, 22/11/2014 - 09:17 -- Oscar Cusano

Todos somos inmigrantes de la vida:

"Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.".
Julio Cortázar.

Desde Ulises a Victor Hugo hasta “El exilio de Gardel”

Cuentan las antiguas leyendas orales que la gente también cantaba cuando estaba triste, cuando emprendían grandes viajes o destierros: el cántico del Talmud en el éxodo de Egipto, los coros Griegos de la tragedia, los esclavos Africanos en América, los Gitanos en Andalucía, y así.
Lo que buscaban desesperadamente estos pueblos era no perder la memoria colectiva. “Somos nuestra memoria”, dice Borges, porque en el fondo no somos más que una desventura de nosotros mismos, implacable, brutal, decididamente despiadada, entonces cantamos con añoro, con penas y sollozos, y en esa liberación del lamento construimos otro andamiaje posible para sostenernos y continuar. (La paradoja que veo aquí es que mientras nuestra sustancia atiende sólo el ahora para sobrevivir biológicamente, nuestro pensamiento se empecina en habitar casi siempre en el ayer o en el futuro. Una mente formada de células sedientas y demandantes del ¡ya mismo!, se comportan juntas recordando o imaginando, que notable.)
El relato entonado combatiendo el olvido que todo lo devora, es el arma que ha usado el cerebro para defenderse de la lluvia constante de su eterna desgracia.
Palabras elegidas y música del alma, es un estado posterior a la resignación.
Cualquier político o economista que no atienda el “ya mismo” y que pretenda lanzar hacia delante las soluciones, es un atentado directo a nuestra existencia, no le creas, no le obedezcas, sólo prepara su terreno para perpetuar el poder fáctico.

“De qué sirve una lujosa morada, entre extranjeros y lejos de los padres”. Ulisses.

Ulises, el vencido, es el arquetipo del exiliado que pelea contra la falta de porvenir en su desastre, como Ovidio es el modelo del escritor expatriado por motivos políticos, pero el rebelarse también conlleva el usufructo de cierto carisma o fortuna poética, aunque se deba sufrir la indigencia, la barbarie o la indiferencia de los otros.
Victor Hugo se arrojó a batallar a Napoleón III contra la pobreza y la ignorancia, contra la pena de muerte, a favor de la educación gratuita, y entre disturbios políticos encontró su inspiración para renovar las letras francesas, él escuchaba a las masas interrogándose por la ruina impuesta y su consecuente genocidio, así fue entonces que refugiado en Jersey y luego en Guernesey redactó las proféticas obras de 1842 hasta alcanzar su apoteótica “Los miserables”, en 1862.
Julio no sólo estaba separado físicamente en Paris, su obra estaba prohibida en Argentina, y cuando se quebró ese único pasadizo donde vivía su madre fue donde realmente sintió el verdadero exilio, y si bien la soledad cultural lo atravesaba con su afán de abandono, también le proporcionó una producción literaria descomunal.

Claro que no todos los excluidos de sus países conquistan colofones superiores dentro del arte por esa estricta condición, nada de eso, supongo que la mayoría partiremos algún día sin saber muy bien de qué va este mundo y recordando nuestro primer juguete como en el “Ciudadano Kane”, pero sí es cierto que nuestra visión de peregrino se expande desde la lejanía para contraerse en lo muy cercano, se pierde la dispersión y se gana en concentración, porque nuestra necesidad de sobrevivir es mucho mayor y extrema, no tenemos a nadie que nos asista, opino que es por eso, aunque ansiemos en silencio recuperar nuestra Ítaca perdida.

El popular Jean Valjean de Victor Hugo rememora con nostalgia su Paris, el ambiente de su Paris, y si Balzac nos hizo asimilar como en un cuadro de época aquél otro Paris, con Hugo la ciudad se renovó con la luz diáfana de sus derechos, de las libertades del hombre.
Julio teje entre sus lectores su propia doble vida sí, pero sólo utiliza el género fantástico diciendo: “La nostalgia está bien, pero es mejor ayudar a la esperanza con todo lo que se posee”, comparto como emigrante su postura indeclinable hacia la posesión de la vida en el ahora y el aquí, aunque se te seque el pecho de evocaciones y estampas y un ejército de espíritus añorados te visite por las noches.
El desterrado tiene la obligación existencial de transformar su propia tradición, desmontarla, reinventarla, como dije antes: “…para sostenernos y continuar…”
Victor Hugo regresó después de diecinueve años, aunque antes de su llegada lo hicieran sus triunfales carteles de “Los Miserables” invadiendo un Paris convulso.
Cortázar retornó a Buenos Aires sin que nadie de las autoridades lo recibiera, volvió para volver “con la frente marchita”, para volver a irse.
Para nosotros es normal, para algunos argentinos digo, el escritor Juan José Sebrelli narra en “Buenos Aires, vida cotidiana y alienación”, en la década del 60´, que Carlos Gardel, el mejor cantante de tango nacido en Francia y emigrado con su madre al barrio del Abasto porque su padre millonario no “quería problemas”, se paseó por el mundo la mayor parte de su vida, y “Volver”, “Mi Buenos Aires querido”, verdaderos himnos de la mitología porteña, cuentan una historia muy distinta a la realidad vivida por el “Morocho del Abasto”.
En ese juego de singularidades Victor Hugo y Cortázar iluminaron su propia modernidad identificando lo absurdo, gritaron desde lejos el bautizo de una nueva tinta, y meciendo a la deriva sus personajes en un mundo pobre, carente de valores, un mundo humano huérfano de humanidad, contaron los que les pasaba.

Rondando algunos cuentos.

En ese vértigo aleatorio de Julio encontramos ficciones emblemáticas.

“Nada a Pehuajó”
Ambientada en un restaurante, un juez sólo abandona su mesa cuando tiene que ajusticiar a un reo. Un día el funcionario se entera de una ejecución sin su presencia, después de la ira y la rabia comienza a mostrar la increíble patología de una personalidad enfermiza escondida entre las autoridades del estado (¿O es el mismo estado el enfermo Terminal?)

“Los autonautas de la cosmopista”
Narra el viaje de Paris a Saignon con paradas obligadas cada veintiocho kilómetros. Experimento con su esposa norteamericana Carol Dunlop, y donde la pareja se detenía a contar el ritmo absurdo de la autopista, sin embargo posee una tierna contemplación de ambos, enfocando con diálogos sencillos otras percepciones, detalles graduales que muy pocos observaban cuando transitaban la misma carretera. Hecha a dos voces, a dos manos, las innumerables pinceladas de la travesía recubren la otra mirada del artista, de la mujer y el hombre sensible. En una de esas paradas, el Julio de verdad toma conciencia en mitad del viaje de su situación de “Ilegal” y escribe una carta a una autoridad de extranjería. El que recibe la esquela es un lector avezado de su obra, emocionado le contesta que hará todo lo posible. Más de dos décadas después el primer ministro le otorgará la ciudadanía Francesa.

En la colección “Armas secretas”, Julio describe una serie de cuentos que revelan la sensación de desarraigo.
“Carta a una señorita en Paris”

Un traductor sin domicilio estable en Buenos Aires escribe a su amiga Parisina Andrèe explicándole el daño irreparable que le han hecho unos conejitos caprichosos que él vomita. Por fin, al verse incapaz de tolerar a los animales, transforma la carta en un mensaje suicida. Los conejos son el síntoma fantástico de la situación agobiante de la política en Argentina y es una respuesta subversiva y obsesiva a esa opresión.

“Cartas a mamá”, es una explicación pormenorizada del sentido de la culpabilidad asociado a la expatriación voluntaria y la consecuente ruptura de los lazos primarios con el pasado. Luis, Laura, la novia de su hermano Nico que muere de tuberculosis, y mamá, son los protagonistas de esta historia. Entre el simulacro de sonrisas de una vida más cómoda de Luis y Laura que se han marchado a Europa, se muestra el sentimiento de traición al hermano y abandono de la madre.

Es notable el desplazamiento interno de Cortázar con respecto a su exilio, es decir, la visión embelezada que tenemos los sudamericanos desde la periferia hacia la Paris resplandeciente y admirada, y que a través de los años, tanto por la experiencia personal del inmigrante ante la toma de conciencia de que el primer mundo no es tan esplendoroso como creíamos, como por la misma evolución histórica de occidente en donde la seguridad del capitalismo ya comenzaba a resquebrarse.

“Apocalipsis de Solentiname”

Un narrador parecido a Cortázar viaja a América Central, en Nicaragua conoce a Ernesto Cardenal que lo conduce a la comunidad cristiana “Solentiname”. El hombre queda impresionado por unas pinturas Naif que se encarga de fotografiar minuciosamente. Ante la protesta jocosa de Cardenal:”Ladrón de imágenes”, le contesta: “Sí, me los llevo todos allá” ( a Paris) los proyectaré en mi pantalla y serán más grandes y más brillantes que estos, jódete”. Después conoceremos que el dictador Anastasio Somoza destruye con sus tropas el campamento. De regreso a Francia, a su bienestar, a su vida de reloj de pulsera, a su “mercí monsieur”, “mercí madame”, al vino tinto y a Claudine, su mujer, el narrador hace revelar las fotos.
Y es entonces que una vez instalado en el confort de su salón, en vez de ver los peces sonrientes, los niños jugando entre colores, lo que observa estupefacto en su tela son las visiones de las torturas y matanzas del régimen. La idea es que generalmente el centro se desplaza a la periferia para apropiarse de sus imágenes, aunque esta vez ha sucedido lo contrario.

“Recortes de prensa”, de 1980. Naomi vive en Paris y recibe el encargo de un escultor para que le componga una serie de reseñas de sus trabajos para un libro que prepara.
En ese mismo apartamento reciben una mujer de Buenos Aires que les cuenta las persecuciones y suplicios que los militares están perpetrando en ese momento (esas cosas sólo ocurren en esos países).
Una madrugada la joven regresa a su casa. Las calles están desiertas y oscuras, en un costado encuentra una niña que llora en medio de esa nada, ambas entran en una casa, en el final hay una habitación donde un hombre martiriza una mujer atada en su cama. Ella lo golpea, desata a la madre y ambas anudan y atormentan al individuo hasta darle muerte.
Cuando desesperada comunica a su amigo artista lo que ha hecho ella misma, de lo que ha sido capaz de hacer, el escultor le remite un artículo con una noticia similar ocurrida en Marsella.
Aquí observamos la evolución personal de Julio, de su crisis de identidad, Paris ya no es el sitio tranquilo ni privilegiado, ahora también se cometen atrocidades. Aquí el centro y lo periférico ya se entremezclan. (¿Acaso habrá intuido la crisis que de Argentina pasó a Europa hoy?)

Victor Hugo escribía: “Permaneceré proscrito, deseando quedar en pie”.
Cortázar replicaba: “…que la noche de la infamia se pierda en el olvido…”

En mi opinión, muchas personas son exiliados en la intimidad de sus hogares, cada vez más, muchos vivimos entre dos mundos descubriendo día a día una perversa incertidumbre del cual no podemos escapar, aceptando una ficticia maldición casi divina que no nos deja respirar en lo espiritual, no nos deja subsistir en lo material, y que obliga a vegetar a millones de seres perdidos, enfadados y decepcionados.

Tironeados entre esas dos vidas, la voz de Cortázar parece regresar del inframundo enarbolando su trama fantástica para intentar comunicarnos una realidad de la que no sabemos nada.
Desde sus letras, intenta decirnos que debemos cambiar el lenguaje porque genera pensamientos terriblemente equivocados y mentirosos, desea que cambiemos, que tomemos otro camino, nos aconseja no creer más en una supuesta providencia maligna, impuesta desde la niñez y sin dejar ni un centímetro ni un segundo librado a nuestro acto de elegir lo que queramos. Así nos manosean en sigilo.

Su voz coinciden con las voces de la Tierra que claman por todas las vidas que la habitan y no pueden hablar: “O abandonan la manera de consumir y renuevan el orden social de convivencia planetaria, o desaparecerán sin remedio”.

Al menos es lo que escucho yo, que sólo soy un mestizo de sangres y de ideas, un viajero sin nación ni pretensiones de destino alguno, repleto de ausencias, pero que ha aprendido a perder todos los miedos porque no ansío otra firmeza que conocer quién soy en verdad:
…”Guapeando el viento, salí a puro galope para volver a comenzar. El tesoro que pretendo consiste en el conocimiento (en las complejidades de su discernimiento), eso persigo, ese es mi triunfo real, ya no deseo otra cosa.
Compréndame: ¡Una vez más, los derechos inalienables de mis hermanos han sido arrasados de la faz de nuestra pampa aniquilada!...” dice mi personaje, de madre institutriz Castellana cautiva, y de padre Tehuelche, narración situada hacia finales de 1870 y titulada: “Progresos inhabitables”

Siempre es mejor que hablen los personajes que nos anidan porque ellos somos nosotros pero mejorados por la templanza de la letra escrita y meditada, algo así como el otro yo ideal, el yo sublime del niño que hemos dejado escapar para convertirnos en esta muchedumbre perdida y asfixiada por un par de facinerosos de traje y corbata sin escrúpulos.

Pero eso sí, no lo olviden, en todos lados del globo la culpa es siempre de los inmigrantes que vienen a sacarnos las migajas que nos dejaron los castos y purísimos autóctonos que tan bien se preocupan por sus pueblos cada cuatro sórdidos años.
Vaya concordatos y pactos desventurados hemos firmado sobre el hielo de la ignorancia.

Julio, te lo juro hermano, el mundo es menos bello desde que te fuiste…