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La Geometría social de Mariano Vera

Imagen de Oscar Cusano
Lun, 05/05/2014 - 14:14 -- Oscar Cusano

La geometría social de Mariano Vera.

“Huir, sin duda- repuso- más no por pies, sino por manos”, pronunció finalmente Bruto, en palabras de Plutarco, “Vidas paralelas”, capítulo VII, para luego suicidarse.

Se halla en el continuo absoluto del cosmos una relación de geometrías, una matemática afinada de la gran suma universal, una cosmovisión en perpetua dependencia pero inasequible a nuestra conciencia diaria, invisible a la percepción que nos rodea y oculta a la razón o sentido de la existencia.
Bruto escapó por su puñal hacia el otro mundo, quien escribe, también lo hace por diestra y así poder engañar el profundo desconsuelo que nuestro pobre ingenio construye en su vaguedad de no saber nada o de negar algunas evidencias.
La historia no me fue narrada, la viví en primera persona hasta el final.

Mariano Vera prestó mucha atención desde el primer día que su abuelo Julián comenzó a relatar viejas anécdotas, no reparaba tanto en nombres sino que sujetaba en su mente las acciones y fechas de aquél pasado que se encadenaban, una a una, como en un acto de prestidigitación mental.
Beatriz, su madre adorada, repartía su vida entre el trabajo diario y pesado, con un seguimiento riguroso de la modesta pero persistente educación de sus hijos.
Su padre Benjamín era el opuesto, sus actitudes inconsecuentes y hasta antojadizas lo alejaban de cualquier equilibrio, sin embargo poseía la virtud de soñar a viva voz y con una obstinación casi fanática por hallar la verdad donde quiera que estuviese.
Pero los Vera eran más que eso, él y sus hermanos percibieron desde pequeños que la integración familiar, cuando se dejan fuera los miedos, con sus emociones y juicios simples, traspasaban una unión de reflexiones y cariño tan habitual, tan cotidiano, que sólo luego de varias primaveras supo entender que quien es dueño de semejante afecto, acierta respuestas donde otros ven misterio.

Concluido el secundario, comenzó a pensar que todo engranaje estaba condicionado por el espacio- tiempo, y aunque a veces se imaginaba ser un endeble navío a la deriva, repleto de amarres flojos y velas rasgadas, a pesar de ello, de las dudas y contradicciones, esa modesta embarcación ilusoria seguía necesitando de distancias u horas para navegar, porque aún sin ningún rumbo debía avenirse a esa norma.
Al tiempo comenzó a observar cartografía antigua aprendiendo a leer mapas cada vez más complicados. Entre las líneas rugosas del papel emergían ciclos y esos ciclos plagados de escrituras se ramificaban en innumerables idiomas, y aunque esos lenguajes evolucionaron desde distintas zonas y épocas, logró advertir que los vocabularios también contenían números escondidos en sus entrañas, como llaves perdidas que abrían puertas desordenadas, y si bien era cierto que eran un pasadizo resbaloso para él y para la mayoría, consiguió divisar unas pocas reglas inexploradas.
Así fue que captó la vieja torpeza humana, el auténtico motivo del sufrimiento:
“Un plano se sostiene por otro anterior, siempre, aunque esté latente por su complejidad, como si viajara con nosotros una larva invisible”, especuló en caliente.

Hacia los diecisiete años se abocó a desentrañar un intrincado sistema de cálculos que devinieron un par de meses después, en una zozobra mental e iniciática, primer estado del conocimiento.
Sin embargo, la primer sospecha fue alcanzada cuando su madre tejía a su hermano pequeño, una prenda de lana que abrigara sus piecitos, mientras repasaba una revista de moda infantil.
Cuando Mariano miró detalladamente el conjunto de las instrucciones, la estructura demarcada por
la plantilla, los materiales, la capellada, los signos de sus abreviaturas, la colocación disciplinada de los alfileres y horquillas o la técnica y ejecución de los entramados que disponían los dedos, cuando reunió todos esos esquemas y señales en su cabeza, comprendió que había una conexión entre el boceto representado y la función que resultaba del trabajo terminado.
Ante sus ojos se veló un propósito claro, enfocado y dirigido para entibiar y preservar el calor del bebé.
Estableció así que una acontecimiento menor, casi intrascendente, podía contener un fin superior, y la salud del niño lo era sin discusión.
El recorrido era: una duda, una búsqueda, una letra, una cifra, un itinerario, una interpretación de esa totalidad, y un después, luego sí, aparecía el objetivo.

A los treinta años su compromiso gravitaba en instruir a mujeres y hombres e intentar corregir lo absurdo de sus actos, acaso templar el sentido común para intentar romper el vacío interior.
En sus rato libres, Mariano devoraba cuanto podía permitirse; estudiaba sin prisa desde los antiguos sistemas de numeración sumerios y fenicios, hasta la combinación maya de las proporciones o el método rústico ruso de multiplicación, con sus puntos, rectas, posiciones, símbolos, sistemas, y mientras él y sólo él percibía reglas más despejadas, asimismo, en completa sorpresa, tomó conciencia de cómo su discernimiento comenzaba a despertar a sus alumnos más despreocupados y perdidos.
Por último, se propuso descubrir un método que resolviera problemas concretos: “ Si de dos variables establecemos roles diferenciados para luego considerarlos en magnitudes, en conjuntos, en dominios y condominios, ¿ por qué no obtener una correspondencia entre esas alternativas y encontrar de una vez la forma más democrática de vivir y ser felices?”, se interrogaba furioso.
Sintió que el sistema decimal no podía alcanzar el fin superior que perseguía porque los signos continuaban aislados por la injusta parcialidad de los intereses, “por ejemplo”, pensaba, “las notas del pentagrama incluían un orden palpable que se materializaba entre el compositor, el intérprete, y el centro de la vibración de quien oía y disfrutaba de la música para sentirse mejor”, estos números nunca llegarían a esa sensación de armonía.
El si...entonces...era una de las claves de los viejos teoremas, si una palabra contiene varios significados y una respuesta puede ser contestada de muchas formas, entonces los números podrían ser la respuesta a demasiadas promesas falsas.
El error consistía en intentar modificar una economía ya extraviada en su inicio, desmadrada de principios, carente de cosmogonía, apestada de guarismos marginados, y esos insignificantes números envenenados desde el comienzo, habían sometido a los humanos a recuentos sin futuro, y además, por si fuera poco, instalados en una aparente inteligencia, convirtieron las fantasías de progreso en una peligrosa asinergia con el planeta que los cobijaba, poniendo en riesgo la misma existencia de su especie.
Comprendió que bajo esas condiciones de codicia extrema, ninguna persona, institución o gestión de cualquier tipo, soportaría la más leve auditoría en la geometría social de Mariano Vera, capaces de destruir su medio ambiente por un puñado de muebles, vestidos, automóviles, o esas superficialidades por el estilo.
Sin salir de su estupor, asimiló que los dígitos, finalmente, se habían convertido en cosas que reemplazaban a la vida misma.
¿Qué contenían esos números para volvernos dementes a todos sembrando muerte y miseria por el mundo sin que nadie se opusiera?
Pensó pues, si... se mal vive así, si se habita así, sin responsabilidad, entonces... la combinación de fuerzas del universo que nos gobierna inexorablemente hará eclosión, porque así como se calienta la tierra a costa de caprichos, también se encenderán los ánimos a costa de la estupidez.

Sesenta y cinco años después, el hermano de Mariano, Alan Vera, aquél que recibiera de su madre Beatriz los calcetines tejidos con tanto amor y que tan bien lo protegieron de los inviernos, terminaría por jubilarse luego de haber ejercido como cirujano pediátrico, modificando con sus intervenciones la vida de cientos de niños, que a su vez, muchos de ellos habían transformado o cambiarían la parte proporcional de sus entornos, evidenciando que sin esa interrelación no seríamos capaces de sobrevivir.
El camino ahora era: las manos de su madre, la lana, las ovejas, la verde hierba, los pastores, los perros pastores, la lluvia, el sol, la ley de gravitación estelar...

Si sucediera lo peor, entonces Thánatos triunfaría por estrechez del pensamiento, no por una falsa capacidad al servicio de una supuesta mejor tecnología. Según Mariano, el secreto no consistía en producir a cualquier cuantía, también lo es el “Cómo”, el “Cuándo”, o el “Para quiénes”, y porque el “Administrar”, debía respetar a rajatabla una relación con el reparto equitativo del ser “dentro” de su mundo, y si no se cumplía esta coherencia básica, si no se detenía el paroxismo de la expansión infinita, entonces Bruto volvería a hundir nuevamente su propia espada en todos nosotros.

Sobre el final de su vida, Mariano Vera dejó bien claro su legado:
“Negar lo que digo no es ninguna novedad, la restricción de observaciones y la insuficiencia o falta de ciencia aleatoria, retrasaron los acontecimientos históricos, aún con aciertos bien orientados: esfericidad de la tierra, movimientos alrededor del sol, y hasta fueron rechazados con violencia al no poder ser demostrados en su momento por la ignorancia generalizada o la carencia de técnicas adecuadas en el siglo IV A.C.
Desde la antigüedad, la verdad ha sido negada o puesta en duda por los políticos, a excepción de Pericles, hombre muy prudente, como también los pueblos siempre desconfiaron de sus pensadores.
Entre ellos, casi todos los filósofos fueron, en mayor o menor medida, matemáticos, en especial geómetras y músicos, cosa que hoy no sucede y se evidencia en los criterios desacertados, porque puede uno esconderse en la magia o la lógica propia, pero la verdad seguirá su curso irremediable”, expresaba Mariano.

La última pregunta fue directa:
“¿Cuál fue el premio por tu lucidez?”, dije.
“El cosmos”..., susurró muy despacio, ... “esa sensación de soledad infinita pero fugaz...en muchos lugares y al mismo tiempo en ningún sitio”, murmuró cerrando los ojos, esos ojos que habían visto mucho pero que no era nada aún.

Oscar Cusano