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La travesía de los B/Venegas (Relato corto)

Imagen de Oscar Cusano
Dom, 20/04/2014 - 23:09 -- Oscar Cusano

Por Oscar Cusano
Al amigo Pedro Saldaña de Cea, oriundo de Santurtzi.

A las cinco y cincuenta y cinco le pegó cinco tiros, todos en la cara, el quinto a quemarropa.
Esa misma madrugada, cansado de tanta prepotencia del destino, de tanto avaro, de tanto hijo de mala madre, en ese brumoso amanecer porteño, el pibe Justo esperó al asesino de su pariente a la salida de la milonga y lo mató como a un perro...
“¡Viva la república!, ¿ta'nterao miarma? ¡Merdellón!”, gritó simulando el acento andaluz y se dio a la fuga...

Fue en el barrio de Palermo Viejo, en el Buenos Aires de 1939, cuando Justo José Benegas tomó contacto con Ezequiel Venegas, natural de tierras sevillanas y profesor universitario con una sola adhesión, un fervor secreto y luterano, independiente de toda regla establecida y que lo llevó hacia el confín del Río de la Plata por enfrentar en su propio pueblo, un régimen siniestro y peligroso.
Los apellidos se diferenciaban en la primer letra, pero esa bifurcación había sido establecida en el País Vasco, hacia 1790, lugar donde no existía la V pues carecía el Euskara de este símbolo gráfico.
Inicialmente, el origen patronímico residía en Portugal, pero Ezequiel explicaba que era una derivación de los Egas, oriundos de la Germania, de donde algún caballero teutónico habría consagrado su vida a la lucha contra los moros en el siglo X.
No obstante, lo que realmente comenzaba a vincularlos, era un antepasado en común que vivía en un pequeño poblado de Córdoba, a orillas del Guadalquivir, y que había sido ahorcado por orden de la Casa Real causando en sus ascendientes un éxodo veloz y escandaloso.
En realidad la familia terminó dispersándose cerca de Lliria, en Benisanó, a unos treinta kilómetros de Valencia, allí finalmente se perdió el rastro cuando unos se volvieron a su Andalucía natal, y los otros marcharon hacia América.
El conocer ambos ese detalle confirmó el linaje y los unió emocionalmente.
La desgracia entre la parentela promueve disputas y enemistad, pero también revela de inmediato lo que las separaciones ocultan, la identificación sutil de lo sanguíneo, de aquéllos que aún perdidos en el tiempo y las peripecias del destino, reconocen en los ojos su lazo familiar como una señal interna y poderosa.

Se veían a menudo en la Avenida de Mayo donde el andaluz recogía noticias de su España abatida y lejana, sellando cada día el compromiso con su aldea herida de muerte y en la que no había podido quedarse por su ideología.
La resistencia se ve disminuida cuando los niños sonríen a sus padres antes de dormirse en sus brazos.

Justo José era la primera generación de argentinos entre los suyos, el típico “atorrante” de barrio, un chulo, un cafiolo, un proxeneta de poca monta, pero también era un joven elegante, lindo, conversador, que rodeaba a sus chicas con caricias y oraciones casi poéticas, aunque nunca dudó en vivir de ellas.
Al tiempo, Justo le presentó varias pibas a Ezequiel, la osadía del catedrático fue enamorarse de Edith, la rusita, una rubia despampanante que retorcía los cuellos de todos los caminantes al ver pasar la sinuosidad en forma de mujer.
Mientras Justo tomaba mate en la vereda, fueron a buscarle muy perturbados compañeros de la organización para llevarlo directo a la casa de Ezequiel en Barracas.
Apenas entrar vio con horror que su pariente tenía al menos cinco puñaladas, todo la habitación era un aquelarre de trapos rojos, pero no se quejaba, ni siquiera en un gemido.
A las pocos minutos moría en sus brazos sin una sola palabra, certificando en el último momento un juramento íntimo con la mirada.

Unas horas antes, Ezequiel había discutido con el tano Giuseppe por la chica, entonces “Il Capo di tutti Capi”, el mandamás, el que tenía varias muertes en su haber y regentaba una mafia de trata de blancas con ribetes fascistas, no permitió que le robaran su mercadería.
El tano tampoco entendió por qué él mismo tuvo que pegarle una soberana paliza a la rusa al intentar separarlos, sabiendo que debería haber sido Justo el que pusiera orden al asunto; no era la primera vez que sucedía.

Cuando volvió en sí ya estaba hecho, el vejestorio italiano yacía en el medio de la calle con una masa gelatinosa por rostro.
De todos modos y para estar seguros, el cuerpo sin vida de Ezequiel fue enmascarado y enviado clandestinamente a su morada final a través de un paso secreto entre la localidad francesa de Bayone y Landibar, Navarra.
A Justo José Benegas le bastó menos de una semana para embarcarse con derrotero desconocido a la Patagonia.
El apellido reanudaba así su viaje anónimo y enmarañado, sin que nadie, ni aún la policía, pudiese advertirlo.

Buscaban a otro, a otro Venegas...