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Los masturbadores del pensamiento

Imagen de Oscar Cusano
Mié, 09/04/2014 - 05:18 -- Oscar Cusano

Los masturbadores del pensamiento, por Oscar Cusano

"La existencia de la realidad es la cosa más misteriosa, más sublime y más surrealista que se dé." Salvador Dalí

Mientras aún resuena en el parlamento de España si se puede votar o no (¿perdón?, ¿cómo?); mientras se sigue contabilizando los hechos violentos del 22M, pero nada se dice del esfuerzo de la gente para llevarlo a cabo; mientras la señora Aguirre pide disculpas por un incidente menor, según ella, (no sé qué nos pasaría a tí o a mí si cometiéramos el mismo acto), o mientras el señor periodista Rojo apenas logra eximirse de su “Gordita”a la señora Ada Colau, o mientras en Crimea o en Siria o en Palestina o en Venezuela se continúa una escalada de violencia, y mientras el mundo persiste en auto convencerse de su fracaso estrepitoso, este modesto cronista reflexiona.

Heidegger, en El Ser y el Tiempo tenía razón.

Nuestra incapacidad para detenernos en la contemplación nos lleva una y otra vez al afán creciente de consumir novedades, a lo nuevo, a cambios, a la dispersión, nos hemos convertido en seres perdidos por el mundo, sin paradero mental corriente, como un niño social a lo americano, aquellos que creen los que sus papás oficiales les dicen, somos un perfecto cometa charlatán, personas con vacío espiritual aunque recen y asistan a sus templos, nos parece que lo nuevo siempre es mejor, lo que verdaderamente importa es “tener”, y los que nada poseen no obstante ansían tener.
¿Tener qué?, si nada nos alcanza.
Optamos como si todo fueran mercancías, como en un casting de estrellas medimos a nuestras parejas, a nuestros gobernantes, día a día nos despojamos de las singularidades para estar a tono con la mayoría, “estar en onda”, “salir en la tele”.
Será por eso que leemos en Facebook a personas que van describiendo hora a hora hechos tales como: me voy a cenar, me voy a dormir, o desde sus móviles nos dicen dónde están comprando el modelito de zapatos que descubrieron en la misma red social que llena y ocupa sus insignificantes vidas.
Somos sin remedio los masturbadores del pensamiento en las fantasías de los poderosos, no somos humanos en cuanto no poseemos control sobre nuestros mínimos principios: por ejemplo, en el amor no entran las monedas de cambio ni se necesita de nadie ajeno a esa relación personal, es insustituible.
Decía Lacan en El saber del psicoanalista: “el discurso capitalista excluye el amor”, o el maestro Borges: “Uno está enamorado cuando se da cuenta que la otra persona es única”.
La espiritualidad no debe ser patrimonio de las religiones, ni la cultura del establishment, ni los dirigentes a los mismos de siempre, ni las preguntas a la filosofía. La responsabilidad necesita de todos porque todos estamos huérfanos de verdades.
Yo elijo el arte como una brújula, una forma de vida, y no la que nos intentan embobar los gurús de las ciencias políticas y menos los economistas.
Hoy escuché en la sesión parlamentaria citar a Robinson Crusoe, esgrimida de un lado a otro como un emblema para rubricar sus ideas.
Lo que la literatura puede contener oculto y viajando entre los siglos, son secretos superiores.
En el silencio de la vanguardia europea, se está estudiando el fenómeno Crusoe como un testigo de la deconstrucción, el personaje abandona la civilización por un accidente y reconstituye su vida sin las herramientas de su sociedad, lo hace paulatinamente y empleando su intuición, su paciencia infinita. Lo que están pensando es que hay que soltar lastre en cuanto al corporativismo, dejar de lado el concepto de “respeto al medio ambiente” porque saben que no se cumple, en la agricultura conciben una explotación de parcelas pues los latifundios obligan al uso de los bioquímicos, se puede crear cooperativas para conseguir mejores precios, pero no debe permitirse el uso indiscriminado de la concentración, de cualquier tipo de sobresaturación, es más, dicen no deben, pero luego explican que no es viable a mediano plazo.
Sobran los indicadores planetarios para preocuparse.
El sistema no puede leer la realidad porque no tiene tiempo para detenerse.

En mi caso creo que el principio de la solución radica en pararse y cavilar:
La realidad debe ser observada en forma crítica, como cuando una obra de arte moderna enfrenta tres posiciones bien representadas:

El que observa observaciones, como Foucault.
El que mira lo moderno con la mirada del pasado, como los conservadores.
O el perdido que cree ver todo su propio universo particular, en la mirada del artista que está mirando.