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Mujer y desempleo

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Mié, 05/11/2014 - 01:09 -- Amparo Climent

Si en el ámbito laboral es común y notoria la discriminación y desigualdad que afecta a la mujer por la simple condición de serlo, esta diferenciación se extiende y continúa de igual forma también en el plano del desempleo. Una es la consecuencia de la otra, el lógico resultado de las circunstancias que rodean el empleo femenino, y que después se amplía también hasta el espacio personal y privado de la mujer.

Así, cuando una mujer es la destinataria principal de los trabajos más precarios y peor retribuidos, cuando es la más afectada por la flexibilidad laboral, es evidente que por menor salario y cotizaciones, y si pasa a una situación de desempleo, también su subsidio vaya a ser de inferior cuantía y de menor duración de cobro.

Es importante señalar que en España por cada 26 mujeres que trabajan a media jornada, sólo lo hace un hombre, un hombre que curiosamente lo hace por voluntad propia, mientras que la mujer desearía tener un empleo de jornada completa, pero es la que encuentra más dificultades para conseguirlo. De igual forma, la mayoría de hogares monoparentales están sustentados por una mujer (9 de cada 10), una mujer que tiene hijos a su cargo, y que en condiciones de desempleo posiblemente se vaya a ver abocada a un contexto de riesgo de pobreza enorme. Como ejemplo, hace pocos meses se conoció la noticia de que el 40% de las madres solteras españolas está desempleada, y de éstas, un alto porcentaje no percibe ningún tipo de subsidio. Realmente son circunstancias de tragedia social muy graves.

Sin embargo, esta situación tan crítica para muchas mujeres, no conlleva a la reflexión y cambio de tantos y múltiples factores socio culturales que tras siglos de historia siguen vigentes en muchos aspectos, y nos perjudican de manera clara y probada. Son dogmas preestablecidos y que de tan repetitivos o habituales alcanzan un grado de normalidad para la sociedad en general. Así se explica, por ejemplo, el hecho de que no se vea o valore de igual forma al hombre y a la mujer desempleada. De alguna forma, la sociedad protege y se preocupa más por el hombre sin trabajo que por la mujer en las mismas circunstancias.

La explicación a esta actitud generalizada es muy simple, porque al hombre se lo ve como individuo, como trabajador, mientras que en la mujer pesa más su rol hacia la familia, quedando en segundo plano su capacidad y necesidad laboral, su figura como trabajadora se minimiza, así como los efectos económicos que esto conlleva. A esta alarmante condición, en algunos casos hay que sumar consecuencias desfavorables en el aspecto personal, como el abuso de poder económico, la violencia psicológica, etc., pues el sistema olvida el trabajo que la mujer lleva a cabo en el espacio doméstico, obviándolo en beneficio de la sociedad patriarcal.

No es algo nuevo ni un capricho feminista, el que las mujeres reiteremos nuestra posición individual como mujeres y como trabajadoras. Nuestra voz es la que expone las limitaciones a las que estamos sometidas, los aspectos que necesitamos cambiar, y la búsqueda de establecer una sociedad más justa e igualitaria.

Amparo Climent