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Pensando en femenino

Imagen de Amparo Climent
Mar, 03/03/2015 - 21:58 -- Amparo Climent

El control masculino ejercido sobre la mujer y contenido en cualquiera de los componentes que se producen dentro del patriarcado, es uno de los factores que impiden el pleno desarrollo social, económico, político, etc. de la misma. En los medios más desfavorecidos, las mujeres expresan su preocupación ante los problemas y necesidades que les afectan, y que se centran principalmente en los temas relacionados con la educación, el trabajo, el acceso a la salud, la participación política y los derechos legales. La falta de sensibilidad de que hacen gala el sistema patriarcal y con él las políticas de desarrollo, excluyen literalmente a las mujeres como grupo o categoría, y las afecta directamente en su existencia cotidiana.

Existe un factor importante sociocultural instalado en los roles de género que la sociedad aplica invariablemente desde el nacimiento de mujeres y hombres, así la socialización patriarcal construye una identidad asignada en función del sexo, y que en el caso de las mujeres las (nos) identifica con las funciones clásicas de esposa, madre, cuidadora. Estas ideas las mujeres las interiorizan desde la infancia como propias, y en ciertos entornos culturales todavía toman más notoriedad, haciendo que tomen estos valores como básicos y asignen mayor importancia a aspectos como la dignidad y el cuidado y servicio hacia los demás. Esta limitación femenina suscrita a la identidad de género, supone la automática subordinación de la mujer hacia el hombre, y por consiguiente se establece la definición de poder: el hombre lo tiene, la mujer carece de él, el hombre explota, la mujer es explotada, con lo que todavía se refuerza más la división entre mujeres y hombres.

La aplicación de este sistema condiciona totalmente los aspectos de la vida de las mujeres y contribuye a su cada vez mayor empobrecimiento en términos generales, y explica la situación de obediencia y paralización a la que se enfrentan muchas de ellas en el mundo. El método de la producción predomina sobre el método de la reproducción, y es por ello que la actividad del hombre se ha orientado hacia el espacio público, mientras que para la mujer esta actividad se ha visto reducida al ámbito personal, con la consiguiente disminución de su autonomía y poder de decisión en todos los aspectos. El trabajo doméstico es invisible y totalmente desvalorizado como acto primordial para el desarrollo de la vida y sustento humano y social.

Si en los considerados países del llamado "primer mundo", esta situación ha sido y es motivo de debate y reivindicaciones desde hace años por parte de las mujeres, que en situaciones concretas, por ejemplo de desempleo y precariedad laboral, ven mermada considerablemente su capacidad de sustento, máxime si tienen hijos a su cargo, imaginemos esos países donde el control y opresión hacia la mujer vulnera cualquiera de los derechos que éstas puedan tener, ya no sólo como mujeres, sino como seres humanos. Países donde la violación, el maltrato, la prostitución, la mutilación genital, la pornografía, aniquilan absolutamente los derechos fundamentales de miles de mujeres y niñas, condenándolas a una segregación de por vida, y donde de forma especial y reiterada, la pobreza y peores condiciones de subsistencia se ceban en la debilidad e indefensión que históricamente la misma sociedad se ha encargado de instalar y fomentar. A veces, ciertas costumbres y tradiciones culturales, son el único argumento con el que los varones se oponen cuando en algunos de estos países se aprueban leyes que pueden favorecer, aunque sea mínimamente, a las mujeres, enfrentándose así directamente a los movimientos feministas que luchan con sus propuestas en la mano para conseguir mejoras básicas para la vida cotidiana de la mujer.

¿Acaso no son cuestiones de derechos humanos? ¿Por qué reiteradamente se manipulan y malinterpretan todas las cuestiones relacionadas con la igualdad, progreso y desarrollo de las mujeres? Todas y todos conocemos las respuestas, y sin embargo los paradigmas persisten, así como los conflictos sociales, culturales, políticos y económicos.

Es mucho lo que está en juego, nada menos que la sostenibilidad de la humanidad, humanidad que formamos mujeres y hombres. ¿No es posible un cambio? ¿No merece un esfuerzo?

Amparo Climent