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Semana santa: La cultura Polaroid

Imagen de Oscar Cusano
Sáb, 19/04/2014 - 03:08 -- Oscar Cusano

El problema con los dioses y los reyes es simple de estudiar, al menos para mí porque nunca los viví en carne propia, los desconozco en el plano personal de la experimentación, sin embargo me resulta tan fácil de rebatir que usaré sus propios argumentos filosóficos.
Haber nacido en América me libra de cualquier compromiso y la pretensión del pensamiento único que quiere imponer o decirnos que hay una sola deidad, pero que ha creado dos seres separados por una supuesta jerarquía de sangre, sinceramente me supone un despropósito demasiado evidente, ofende mi inteligencia porque es pura especulación que deshecho de plano y hasta la juzgo cándida, demasiado débil para nuestra época.
Es en la literatura y sus observaciones sobre el narcisismo, donde encuentro las ideas perfectas para diseccionar lo que me queda, el resultado que expone las verdaderas dos caras del comportamiento humano:
el dominador y el dominado.

Esa es la cuestión, y no otra.

“Mi bella princesa, vuestro divertido enanito no volverá a bailar nunca
más…
Pero ¿por qué no volverá a bailar?_ preguntó riendo la infanta.
Porque se le ha roto el corazón, contestó el chambelán.
Y la infanta frunció el ceño y sus delicados labios de rosa se plegaron en un
mohín desdeñoso.
Que en adelante los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón exclamó,
y se fue corriendo hacia el jardín.”

En el final de “El cumpleaños de la infanta” , de Oscar Wilde, el protagonista que alegra a su majestad es un enano.

Mientras se pasean por salones luminosos repletos de brillos y lujos, la vida les parece perpetua, ilusionada, hasta que ella le regala una rosa y desata el enamoramiento.
Tanto el escenario como las acciones se corresponden con un estado fantasioso de la realidad, problema resuelto cuando el personaje se ve reflejado en un espejo con sus piernas torcidas, su joroba y su monstruosidad expuesta en sus gestos hasta caer rendido al llanto.
Es allí cuando asimila que se han reído de su deformidad, así pierde su ensueño hacia la infanta, y eso, eso no se perdona por más buen enanito que se sea.

En la cosmovisión personal de los reyes no existe nada fuera de su pragmatismo funcional, nada, y es en este contexto en el cual el sujeto, el “yo mismo” con su paroxismo individual sin límites, acaba enfocando una distorsión de la conducta con muy serias alteraciones: pensar y actuar desde el privilegio constante, creerse descender directamente de los dioses, falta de empatía, etc, todos ellos estados mentales que terminan
desencadenando trastornos depresivos, apatía, fijación patológica en otra persona, egocentrismo y manipulación, es decir, una serie de síntomas destructivos que pueden no percibirse por los demás, pero que cumplen a rajatabla en el rincón más oculto de su psiquis las consecuencias de una vida equivocada e infantil, por más poder que se tenga en la tierra.
Es precisamente esto lo que evidencia el final de “El retrato de Dorian Gray” cuando la pintura le devuelve el horror de su verdadero rostro interior destruyendo la supuesta belleza de su apariencia externa.

En el otro caso, la toma de conciencia del pequeño deforme no es más que la toma de conciencia de su clase, de la miserable forma de sobrevivir a costa del juego del poderoso que se conforma y hasta divierte con
sus plebeyos en tanto y cuanto su comportamiento le da réditos y beneficios perfectamente calculados, medidos y aleccionados desde su más temprana infancia.
La caza es el sistema elegido para ir desgastando el corazón bondadoso de los niños “reales” (más bien irreales), y que debe ser reemplazado por otro más duro para descartar futuros dilemas que se interpondrán en
los bienes y negocios familiares, única meta del sonambulismo material como fenómeno de existencia.

Pero hay más, vivimos en un presente en donde la burguesía detectó hace muchos años este comportamiento narcisista y megalómano.
Cuando intuyeron que un exacerbamiento de la individualidad promovía una nueva y profunda esclavización sin necesidad de cuidadores, lograron concebir en las mentes una supuesta democratización del libre albedrío.

Había nacido el Consumo, que conseguía penetrar la mente del pueblo creando una nueva ilusión: los equiparaba con las élites o los artistas que tanto ambicionaban ser ellos mismos en el pasado, tan sólo bastaba con comprarse cosas parecidas a los patrones, de paso también nacía la moda
Esta nueva sociedad del “ahora” y “ ya mismo” sin reflexión ninguna, esta cultura polaroid que no sabe esperar, que fagocita la inmediatez, otorgó al poder una nueva dimensión.
Posteriormente arribaron novedosas herramientas, primero el cine y luego la televisión, así las imágenes comenzaron a recortarse y acelerarse en los 80´, y cuyo laboratorio sociológico fue el vídeo clip, que a su vez había bebido en el lenguaje de la publicidad.
El acierto había sido centrar al sujeto en su propio mundo y para sí, eso lo alejaba día tras día del resto de sus congéneres, vieron allí una forma más poderosa aún de manipulación cumpliendo la vieja fórmula del divide y triunfarás.

Cuando el aparato mediático se concentró en los 90´ y se hizo global, se puso en marcha una metacampaña internacional de estímulos consumistas a través de una ingeniería publicitaria seguida al segundo en radio,
prensa, libros, televisión, cine y ahora videojuegos, con un claro concepto evasivo.
La sociedad occidental, quizás planetaria, es fruto de esa constante presión que rechaza los valores trascendentes para perderse dentro de sí y esconderse en un ser arquetípico que aparenta modificarse
constantemente pero que una y otra vez, repite las mismas tentaciones o patrones, impidiéndole enfrentar su propia triste realidad y la relación con su comunidad, que es lo que literalmente le otorgaría alguna capacidad de decisión para cambiar.

Daré dos ejemplos prácticos, el Dorian Gray del ejemplo empresarial es la bebida cola que ahora muestra su faceta de multinacional, porque, no todo va mejor, cuando se factura 3 mil millones de € y con una ganancia de
900 millones, se decide patear el tablero desde la central de Atlanta, USA, y emprender una supuesta reestructuración de su plantilla, aunque todos sabemos que sólo se busquen mayores beneficios a costa de los trabajadores, es una estrategia muy antigua señores, pero ya ni se molestan en pensar otra.

El segundo ejemplo de Oscar Wilde es el enfado del personal al ver como se pisotean sus derechos laborales sin ningún pudor, mientras los discursos de los expertos hablan de esfuerzos, de los valores de equipo, de marcar la diferencia en su espíritu de grupo, y todas las pantomimas con que las compañías intentan convencer a sus empleados.
Yo confío en los escritores que he leído, miro con prudencia a los políticos y me aparto de los economistas que siempre van con los ricos de turno que abonan sus nóminas.
Bajo esta perspectiva de desprecio por la historia, de la superficialidad de los momentos, del cambio del trabajo fijo por el temporal, ¿qué futuro puede esperar el individuo humano? ¿qué liberación puede alcanzar el “yo” si está perdido u oculto entre el exceso de información hedonista?.

Narciso es la negación del amor, es lo opuesto a Eros, es lo contrario a Prometeo, es el alma encerrada e inmóvil que la aprisiona, es un acto de magia que se aplaude a sí misma entre luces de colores.

Vivimos aún en la iconoclasia del circo romano festejando a nuestros dioses-reyes por la tele, mientras en su impoluta sacralidad, pero muy silenciosamente, se llenan los bolsillos a costa de tanto inocente que no sabe mirar al pasado para aprender, y porque cree vivir un pobre presente que se resolverá en un hipotético futuro de grandeza.

Imagino cómo se reirán de nosotros….debajo de sus capirotes.