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Sobre crecimiento personal y otras milongas

Mar, 04/11/2014 - 14:56 -- naclahuert

Ante la calamitosa situación, ante la falta de oportunidades y el borrascoso futuro, nos dicen que la solución está en nuestra mano -individualmente, claro está-, y que pasa por la adquisición de nuevas aptitudes; tenemos que seguir creciendo, expandiéndonos, aumentando nuestras capacidades -así, cual Son Goku-, pues sólo así seremos apt@s para sobrevivir en esta jungla, y ella podrá otorgarnos por fin la bendita condición de "empleables".

Eso es lo que quieren transmitirnos quienes enarbolan el desarrollo y/o crecimiento personal como remedio infalible para todos los problemas. De sus teorías están llenas librería y bibliotecas.

Luego estamos los que pensamos que, como el sistema nos quiere a su imagen y semejanza, y está basado en una suerte de imposible crecimiento infinito, pretende que las personas nos comportemos según sus mismas pautas. Pero nos está obligando a actuar en base a una premisa falsa, porque nada crece de forma infinita, salvo el universo mismo (ni siquiera los libros de autoayuda, aunque a veces lo parezca). La prueba de esto, ciñéndonos a lo económico, son las crisis que cíclicamente padecemos; como nada puede crecer indefinidamente, es necesario que de cuando en cuando sobrevenga un decrecimiento; una vez se llega al tope, sólo cayendo cabe la posibilidad de volver a subir. Y en la vida ni eso; una vez se entra en el hoyo, ya no se sube,

Que sigamos creciendo, nos piden; que no pongamos fin a nuestra formación, que no paremos de desarrollarnos, que cada vez seamos más aptos... Lo cual suena muy bien, pero choca frontalmente con la misma naturaleza de la naturaleza. A partir de cierta edad, nos guste o no, nuestras capacidades decrecen; perdemos vista, oído, memoria, nos encorvamos, nos vamos arrugando, resistimos peor el ejercicio físico, la agilidad se ve mermada, etc. Es ley de vida.

Y por otro lado está el debate del aprendizaje y la ética. Damos por hecho que todo conocimiento implica un desarrollo a mejor, y eso también es muy cuestionable. Saber más no nos hace necesariamente mejores personas, pues todo dependerá, en última instancia, de los actos que nos definan.

En cualquier caso, no es un esfuerzo por ser mejores personas lo que nos demandan; nos piden que seamos más competitivas, que nos preparemos mejor para la vida moderna, que nos reciclemos para serles útiles, que nos apropiemos de las herramientas que nos hagan dignos de servirles. Si no lo hacemos así, nos quedaremos relegados y no alcanzaremos jamás la tierra prometida de una vida desahogada. Y también en eso nos mienten, porque el problema no es de falta de títulos, sino de exceso. Si algo tiene la gente hoy en día es preparación, y eso no le sirve para encontrar trabajo. Al contrario.

La fe en el crecimiento personal -que nos venden- nos deja solos, desnudos y maniatados ante este absurdo presente; obligados, como el sistema, a ir siempre más allá, a querer más, a no tener límite; siempre subiendo -o creyendo que subimos-, sin detenernos a pensar si eso es sostenible, si nos llena, si es lo que verdaderamente queremos para nuestra vida, o para el planeta.

Por otra parte, esa fe descarga toda la responsabilidad sobre nuestros hombros, sobre los de cada persona en particular. Todo está en tu mano. Si te lo propones, te esfuerzas y te sacrificas por ello, lo vas a conseguir; sólo tienes que enfocarte en el objetivo. Lo cual implica que, si no lo consigues, es porque no te has enfocado bien, porque no lo has intentado con la suficiente determinación. Por lo tanto, la culpa es tuya.

Así, sin darnos cuenta, se nos inocula otra grandísima falacia, porque hay mucha gente poniendo todo su empeño e ilusión en salir adelante, y aun así se comen los mocos.

Para mantener el sistema como está se emplean cantidades ingentes de recursos, infraestructuras, personal a punta pala, se recurre a los cerebros más eminentes y se ponen en marcha todo tipo de leyes y tratados. Sin embargo, pretender cambiar algo, intentar que las cosas vayan un poquito mejor, es tarea que sólo compete a cada persona individualmente.

Pero las personas no tenemos por qué compartir la lógica del sistema. Nos guiamos por otras motivaciones, que no pasan siempre por el desarrollo, o al menos no por el concepto de desarrollo que nos quieren vender. A algunos esa loca carrera hacia ninguna parte nos puede parecer de lo más estúpida, y estamos en nuestro derecho de verlo así, y de no querer participar en ella.

Es más, tal y como están las cosas, más que un derecho, es un deber.