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SUAN Y EL VIAJE INTERNO...(para niños aprendices de sabios)

Imagen de Oscar Cusano
Mié, 14/05/2014 - 03:08 -- Oscar Cusano

SUAN Y EL VIAJE INTERNO...
(Para leerle a tus niños disfrazado de maestro chino)
Cualquier coincidencia con la realidad, es pura...habilidad.

"El hombre es un aprendiz, el dolor es su maestro"
Alfred de Musset

Hay un punto, cuando el infinito se hace demasiado pequeño, que para ver, es mejor que los ojos se vuelvan pensamientos...

Sucedió en un tiempo lejano detrás de las murallas de la china medieval, bajo la dinastía Mi Lou, y fue cuando la tormenta de la desazón cayó sobre el poblado como catapultas de tristeza y desazón.
Ya nadie podía soñar una esperanza porque ninguna persona bebía de las fuentes de agua, ni los jardines florecían de cerezas ni juncos.
Había momentos de tal hastío que la comarca entera se volvía intransitable, y allí, en ese valle de pesadumbre, sólo regía la vida solitaria y aislada.
Una vez abandonada la fe en sí mismos, la gente del pueblo no supo recordar el olvido del pasado, y lo arcaico, lo primitivo que une el traspaso generacional, desconectó la conciencia colectiva y la verdad dio paso a la indiferencia.
La aldea, casi abandonada, veía pasar sus manadas de animales salvajes en la llanura con sus vientos muertos, así que lanzaban sus flechas de caza sin pena ni gloria.
La mayoría había abandonado el mínimo deseo.

Todos menos el maestro Hieng y su alumno Suan, el hijo del campesino que no tenía trabajo.

Hieng era heredero de la escuela taoista de Lao Zi, y advirtió en Suan y su modesta familia, una actitud, un comportamiento especial cuyo potencial debía extraer y conducir hacia ellos mismos.
Suan por su parte, a veces escuchaba distraido a su educador que le decía:
“Quien bebe la gota, percibe todo el lago, ahora ven, presta atención y ponte detrás mío"
Su corazón se ilustraba día a día al reconocer que la curiosidad nacía del buen estímulo:
“La curiosidad, pequeño Suan, también es un acto de confianza”, susurraba Hieng.

Una madrugada de primavera, los vecinos del pueblo despertaron con los gritos desgarradores del alcalde Xin, que al recorrer las plantaciones notó que los cultivos estaban secos, es decir, mojados pero secos, ni siquiera podía explicarse en su confusión.
Realmente la gente enloqueció, ¿quién podría comprender que después de una buena lluvia, los cereales se hubiesen vuelto mustios? ¿Cómo se podía tener todo y perderlo en tan breve tiempo?

Decididamente el implacable verano volvería para terminar lo iniciado en sus mentes.

Hieng corrió hasta el gobernador quien mandó sus diestros expertos en la agricultura que al llegar e inspeccionar el terreno, se miraron azorados al no tener la más mínima noción para remediar el espeluznante desastre.
Al tercer día de preguntas sin resolver, el delegado jefe Yuan Ming visitó a Hieng para conversar un poco y ceder así la tensión de cientos de hectáreas malgastadas.
Cuando entró en la humilde casa, maestro y alumno calculaban números y estrellas, el maestro se incorporó y dijo al chico: "ven, presta atención y ponte detrás mio".
En silencio le ofrecieron una taza de te mientras ambos oían el nerviosismo del funcionario que sólo buscaba la solución del problema para regresar a palacio y retornar a no hacer nada.
Ya calmado, el anciano preguntó al niño casi bromeando su opinión, Suan miró a su maestro que asintió con un gesto. Sólo después balbuceó:
“Mi padre dice que todo comenzó con la llegada del barco Qin, aquél que debió rodear la ruta de la seda y tomar un nuevo camino al enfrentar una borrasca. Algo extraño cargó en sus bodegas en un puerto perdido, algo... algo..., mi señor, algo que no se ve pero que hace mucho daño a las plantas”
Los mayores se miraron atónitos solicitando a Suan que buscara de inmediato a su padre.
A solas el anciano pronunció: “Hieng, tu y yo sabemos que esta gente sencilla pensará que un demonio maldito ha irrumpido, pero ciertamente este joven me ha dado una pista, he recordado un suceso semejante ocurrido en las provincias del sur, vayamos al campamento”.
De regreso, un concilio de hombres de ciencia atendían animados las palabras del padre de Suan.

Al concluir, Hieng pidió hablar incorporándose:
“Según Lao Zi, la gran perfección parece imperfecta, la grandeza es insuficiente, lo que no tiene nombre es el principio de todos los seres”, hizo una pausa densa y agregó, “Hay cosas que desconocemos y quizás algún ser imperceptible para nosotros haya viajado en ese navío, los seres se desarrollan por sí mismos y si no valoramos nuestro desconocimiento nunca aprenderemos ni podremos instruirnos, no destruyamos el puente que después deberemos cruzar”. Todos asintieron con la cabeza.
“Querido Suan, tu padre es un modesto profesor sin saberlo, te pedimos estimado campesino que el discernimiento salga de tu boca como un rayo en mitad de la noche y nos digas aquí y ahora qué debemos hacer cuando el alba despliegue su aurora”.

Hacia el final de la noche los vecinos vieron que desde el cielo caían luces blancas de fuego, de a una, de a veinte, toda la comarca parecía resplandecer, al acariciar el suelo inflamaban los viveros ya muertos para purificarlos del mal.
La huestes del imperio cumplían las órdenes de un humilde labriego en su misión salvadora.
Cuando todo pasó, en grupos y encaminados, todas las personas reiniciaron aquello que nunca debió ser olvidado, y las manos con sus brazos e ilusiones reconstruían lo deshecho en la memoria.
Nada es más poderoso que esa conjunción de anhelos cuando un pueblo se pone en marcha, nada, y la belleza cotidiana fue que los que carecían de todo supieron reaccionar y despertar a los dormidos.

Muchos años después, Suan asumió la vocación en el arte de educar, mientras los dos descansaban en un estanque de suaves ondulaciones, Hieng habló:

“Así como cultivamos a los alumnos, nuestros padres también sembraron nuestro destino y desenredaron lo enredado; profundo nos parece el conocimiento y al mismo tiempo no lo es, pues la comprensión se manifiesta como una ceguera apenas iluminada, sólo la voluntad nos preserva de la penumbra, como aquella noche, ¿lo recuerdas?, cuando tu padre divisó más allá que los demás traspasando el límite de nuestra oscuridad”.

Suan lo miró sonriendo:
“Hieng, cuanto más cosas asimilo a tu lado, más creo estar navegando un océano de incertidumbre, un umbral de la cooperación o el hallazgo natural de otro orden invisible que nos une"
Observó al anciano que había hecho de su vida un regalo y agregó:
"Querido maestro, he comprendido finalmente tu enseñanza.
El verdadero sabio distingue claramente, que quien se sitúa detrás… está siempre delante”.

Oscar Cusano