Espacio Artístico, Político y Cultural en Valencia.
“Blanc i Negre” es un espacio periodístico donde se publican...
Panorama Cultureta en un programa de Radiodifusión sobre el...
Base de datos artistas. Comunidad Comkal
Esta sección es una base de Datos donde puedes encontrar...

Trazo venturoso

Imagen de Oscar Cusano
Dom, 28/12/2014 - 21:53 -- Oscar Cusano

El mutismo se rendía al taller desde la mañana y no había forma de hallar un inicio.
Siempre que Madeleine comenzaba un cuadro gritaba lo mismo:
“¡Blanco, blanco!, ¿por qué eres tan severo?”
Todas las regiones del pensamiento confluían con verdadero esmero en la nada, se agrupaban en ejércitos de manos alzadas con armas de colores y desembarcaban de a miles las fuerzas de la creación, pero todo era un simulacro.
Lo inmaculado era más limpio aún, entonces la mirada se perdía en el infinito abismo de un rectángulo inconsistente y gélido.
En verdad que un cuadro vacío siembra un terror casi perpetuo.
Sin bocetos, la pintura no aparecía, ni siquiera en esa imagen previa que la mente forcejea para nacer al mundo de los tonos, de los tintes vivos.
Había dentro de la artista una muralla fortificada, un atalaya escabroso e insondable que no deseaba escapar visiones en crudo, o tal vez pujaban por salir de su guarida, y hasta quizás por accidente las fibras pudiesen cubrir el lienzo primero con fantasmas para luego estallar de sensibilidades cromáticas en la retina del experto. Pero no asomaban.
No obstante, al pasar los días, algo comenzó a esparcir una pátina rojiza y la blanquecina frustración comenzó a ceder, a replegarse.

Al tiempo, mientras la pintora recorría su obra acabada, café en mano, mientras examinaba los minúsculos detalles, tomando distancia y perspectiva, ya podía contemplar su esfuerzo más calmada.
Interminables retoques se deslizaban sobre acuarelas, óleos o pasteles que sorprendían a sus dedos como extensiones de suave cerda, paleta del arco iris en medio de las siluetas.
Ahora los dibujos y manchas se habían convertido en signos y líneas caprichosas, como siembra un campesino su faena en pinceladas, la batalla del pigmento era el fruto del recuerdo o la precoz observación del universo.
Una vez expuesta la obra en una galería olvidada y recóndita de la ciudad, el espectro de los personajes comenzó a existir por ellos mismos escudriñando el mundo de los vivos desde el interior del cuadro.
Era una increíble pandilla imprudente y provocadora.

De inmediato supieron que los rostros de los espectadores se acercaban a mirar pero no veían, imaginaron que esas caras habían sido dioses pero ya no lo eran, se habían convertido en todopoderosos bastardos hastiados de morirse taciturnos, se les notaba que existían a pesar de su falta de compromiso hacia ellos y hacia sus semejantes.
De vez en cuando miraban a Madeleine para saltar sobre el público, pero ella les hacía una señal de paciencia y se tranquilizaban.
Aquellas ideas rebeldes estaban allí, todas las ideas están siempre allí, a la intemperie, y en ese animado empaste del marco se sostenían por atrevimiento, por convicción alentada, combate entre la confianza y el desgano, vencedora aún sabiéndose perdida, porque el virtuoso sólo muestra, no desea convencer la realidad de su certeza, no necesita disciplinar ni lo bello, ni lo moral, ni lo dogmático.

En el último día de la muestra, todo parecía hundirse sin remedio en otro rechazo a su trabajo.
“Los humanos se oponen a la incursión del sueño porque temen despertar el delirio a su engaño”, dijo para animarse.
Cuando restaban unos minutos para cerrar, descubrió un niño frente a su tela.
Se acercó cautelosa situándose a la altura del pequeño y preguntó:
¿Qué ves?
El rubiecito se adelantó hasta estar a pocos centímetros pero luego retornó a su lado.
La miró con sus ojos azules de mil cielos y apenado contestó:
“¡No son las manos, no!, ¡Son los guantes los que sangran!

Ella lo abrazó y despacito empezó a lagrimear.
Y basta una señal para presagiar la coloración del anhelo, apetitosa pasión del deleite que se pasea desnuda y a caballo del corazón alado y temeroso, ¡temeroso claro! Pero intrépido, colmado de valentía por reanimarse.

Así, en lo profundo de los océanos mentales, cada tanto se desintegra un candado de su esclusa para dejar escapar fosforescencia abisal e invadir, con todas sus tinturas, la cumbre de nuestras antiguas cicatrices.
Madeleine sabía desde su juventud, que quien usurpa al vuelo una chispa deshuesa la falsa bruma instruida, y que sólo después de mucho, mucho guerrear, consigue al fin iluminar sus propios atardeceres.
Romper el mito, parirse a uno mismo y regresar a la presencia del deseo, a la ficción del propio lenguaje.

Cuando todos marcharon, cuando se apagaron las luces y no se oyeron más palabras, nunca un cuadro brilló tanto en su cámara más desolada.